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Los árboles habían amanecido de maravilla. Ninguna queja tenían. El sol les hacía resplandecer como si fueran sacados de un cuento de hadas. A pesar de haber llovido toda la noche, a estas horas de la mañana se podía respirar una frescura que incitaba a inhalar, exhalar y cerrar los ojos de gusto. Las 10 de la mañana estaban haciendo justicia al Reino. Más que aire fresco, se respiraba paz, una paz que al combinarse con el canto de las gaviotas, se transformaba en felicidad.
-Buenos días Princesa.
-Buenos días Warrín. -Contestó adormilada.
-Hoy hace un día estupendo, déjeme recomendarle un paseo, quizá podría estrenar el abrigo rojo con capucha.
-No sé, estoy cansada, me duelen las piernas y aún sigo con gases.
-Como usted guste, yo solamente decía... bueno, da igual. ¿Quiere que le traiga el desayuno a la cama?
-Mmm... no, ya bajaré más tarde. Gracias Wa-Rín.
La Princesa tenía una enorme habitación donde gozaba de todos los lujos imaginables: una cama con dosel se situaba en el centro; las mesillas de noche, elegantes en todas sus partes, eran las que guardaban como un gran fuerte sus extremos. El armario era más grande que la habitación, el baño, la cama y las mesillas de noche; si en algo se distinguía la Princesa, era en la gran cantidad de ropa que poseía; tenía de todos los tipos, de todos los colores y variedades que se podían tener; incluso era dueña de ropa exclusiva fabricada en países lejanos, como Francia y Rumanía. Era increíble la cantidad de vestimenta que podía almacenar.
A las 12 del medio día se levantó de la cama: la pereza hacía mella en sus pasos haciéndole parecer una vieja de 90 años, o más. Al entrar al baño, se desnudó, no sin antes haber preparado la bañera con sus jabones aromáticos traídos de Persia. Estuvo una hora y media disfrutando de los placeres que la vida le otorgaba por ser hija del Rey: Su Majestad Muertaco. Tardó casi 40 minutos en decidir cómo vestirse, claro, con tanta ropa era casi imposible elegir deprisa. Vestía -como siempre elegante-, un vestido con escote en V que le llegaba a la altura de las rodillas. Era rojo con figuras que simulaban flores silvestres negras, y conjuntaba con las botas, el abrigo y su pequeño bolso de maravilla. Tenía un exquisito gusto para vestir, y no escatimaba en tiempos para lograr su cometido.
No tenía hambre, aun así bajó de su habitación, y en la sala se encontró con su madre: Su Majestad la Reina Vivilla.
-Hola madre. ¿Sabes algo de las fiestas que Lord Batato piensa dar en honor de Ciruelico, su hijo?
-Ay querida... siempre preocupada por los eventos sociales. Pues no, aún no dan razón los Batato de sus intenciones, pero no te preocupes, ya sabes que si alguien tiene que enterarse en este Reino de lo que en él sucede, soy yo, y claro está, tu padre. ¿Has almorzado?, deberías, Wa-Rín ha hecho un sushi estupendo; lo ha preparado con las algas que hemos pedido a los grandes cocineros de Japón, seguro que te encantará.
-No sé, tengo gases, muchísimos y de los apestosos, y no quiero comer algo que haga que este mal continúe.
-Ay Cadaverín, siempre con gases, yo creo que lo que te hace falta es cagar más seguido, verás que si lo intentas te sentirás mejor. Deberías hacerle caso al médico: “caga el rey, caga el papa, caga hasta la mujer más guapa y de cagar, NADIE se escapa”. Tú sabrás.
El Reino del Potor seguía con la tranquilidad que los caracterizaba. Los árboles, inmutables, continuaban con su larga espera, la de los cientos de años en silencio.